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Relatos de dos ciclo-turistas colombianos en las montañas de Europa. El Angliru, está
ubicado en la región de Vega de la Riosa, principado de Asturias, norte
de España, y se ha constituido en la montaña más determinante en La
Vuelta a este país. El público la pide, porque quiere emoción; los
ciclistas la rechazan, porque no quieren más sufrimiento. Este premio de
montaña, fuera de categoría, se subió por primera vez en La Vuelta de
1999, y fue ganado por José María Jiménez (q.e.p.d). En el año 2000
ganó allí el italiano Gilberto Simone, posteriormente en 2002 fue
Roberto Heras quien coronó primero, y en 2008, el triunfo le
correspondió a Alberto Contador.

Era quizás
septiembre u octubre de 2006 cuando Rafael Mendoza, amigo de estas cosas
del ciclismo, sugirió intentar subir al Angliru, un puerto
desconocido por muchos. Al escuchar su propuesta, quise saber el
porqué. No tardaría mucho tiempo en comprender que sólo había una
razón: era la cuesta más dura del mundo, cuando de hablar de ciclismo
se trata. Y dentro de su inusual dureza, se hace notoriamente
importante, un sector que quizás no supere los seiscientos metros de
longitud, pero cuya pendiente llega al 23,5%, algo realmente inhumano
para superar.
La noche anterior se pasó bien. En el argot
ciclístico se dice que las carreras se ganan en la noche anterior, es
decir, según como pases la noche ya puedes tener una idea de cómo vas a
responder en lo que te exija el día. Y la noche fue buena. El cansancio
acumulado durante las jornadas de ardua montaña y de desplazamientos
en vehículo durante cientos y cientos de kilómetros nos generaba las
condiciones requeridas para dormir aunque el mundo se derrumbase
encima. Y así fue, afortunadamente!
Desde Oviedo, capital del principado de
Asturias, nos desplazamos hasta Vega de La Riosa, punto de partida, para
enfrentar los 12,5 kilómetros del temido Angliru.
José Enrique Cima, ex-ciclista profesional (KAS) y
ahora periodista del diario La Nueva España y autor del libro “Angliru,
la nueva cumbre del ciclismo“ quiso acompañarnos y nos sugirió que
postergáramos la hora de salida para las once de la mañana con el fin de
disminuir las posibilidades de encontrar un día húmedo, que se
tradujese en un pavimento mojado que quizás podría echar por tierra
nuestras ilusiones. Y así se hizo. A las 10.45 de la mañana acudimos a
la cita con el señor Cima y su compañero de periódico a quien
conocimos como “Moncho“. Los dos nos acompañarían en auto a lo largo de
la subida con el fin de darnos el ánimo suficiente y la información
necesaria para lograr la meta tan anhelada. La segunda recomendación
sería la de comenzar con un paso suave, sin apresurarnos y conservando
la calma. A las 11.10 comenzamos el ascenso de estos 12,5 km, de los
cuales los primeros seis no ofrecen mayor dificultad pues sus rampas no
sobrepasan el 12%. Eso lo sabíamos y nos preocupaba mucho. Si la
pendiente media era del 10,3%, esto significaba que la mayor pendiente
se acumularía en la otra mitad de la subida. Con base en lo anterior,
nos dimos a la tarea de emplear un desarrollo suave desde el mismo
punto de partida y respetar el pulsómetro con el fin de no sobrepasar
las 150 pulsaciones por minuto. Aún así, al menor descuido éstas subían
a 155 e incluso a 160, así que nuevamente regulábamos nuestro paso.
Un aficionado al ciclismo, perteneciente a la
región asturiana, se animó a acompañarnos en su bicicleta de montaña y,
como todo un guía de turismo, nos iba indicando paso a paso, casi metro a
metro las características topográficas de la subida. Eso nos hizo
recordar a los campesinos de las diferentes regiones colombianas
quienes montados en vetustas bicicletas, llevando consigo una cantina de
leche y un bulto de papa suben las escarpadas montañas silbando como si
su carga fuese sólo algodón de dulce. Pues bien, es válida la
comparación, ya que ese fue el comportamiento de aquel espontáneo
acompañante a quien, en plena marcha, bauticé como “el paisita“ pues no
paraba de hablar, aunque de nosotros jamás escucharía ni un sí ni un
no; sabíamos que una sílaba de más podría quitarnos el oxígeno para
culminar nuestro camino al cielo.
Después del
kilómetro seis todo se complicó. La cuesta se volvió inmisericorde,
vinieron los desarrollos de emergencia (34-28) y el pulso quiso subir a
su libre albedrío. Es bueno aclarar que esta cuesta no puede subirse
con los desarrollos tradicionales de 39-23 o similares. Ni el “chechu”
Rubiera, ni Escartín, ni el “perico” Delgado, ni “el chava” Jiménez lo
lograron.

Luego vino la primera prueba de fuego en el km
6,6, la curva Les Cabanes, con un 21,5% de inclinación, la cual nos
trepó el pulso a 180 como señal de alarma. La superamos sin mayor
dificultad a pesar del inocultable esfuerzo, y en este momento supimos
que podríamos coronar el Angliru si manteníamos la misma disciplina de
los kilómetros ya recorridos.
José Enrique y su fiel amigo Moncho detenían el
auto curva tras curva y nos indicaban qué nos esperaría más adelante.
El “paisita“ comenzó a guardar prudente silencio y no se le volvió a
escuchar más. Luego, en el kilómetro diez, sonó la voz de advertencia:
habíamos llegado a la rampa de La Cueña les Cabres, una recta
interminable al 23,5%. En ese preciso instante enfrentábamos los
seiscientos metros más complicados en nuestra vida. “El paisita“
comenzó a zigzaguear de lado a lado de la vía y luego de tantos “íres y
venires” dejó escapar la frase: “estoy reventao“ y detuvo su
marcha para luego dar media vuelta y regresar sin decir adiós. En el
otro extremo de la rampa estaban ellos, nuestros compañeros de odisea
animándonos a coronar, con la prudente advertencia de que una vez
superada la rampa del 23,5% había que recuperar las fuerzas para
enfrentar, metros adelante, otra del 21.0% conocida como El Aviru.
Luego de sentir palpitar nuestro corazón 186 veces por minuto, pudimos
pedalear en una pendiente más llevadera hasta llegar a la cima del
Angliru asturiano, en medio de un paisaje de fantasía y con los cálidos
rayos de un sol resplandeciente.
Quizás resulte imposible expresar con palabras
todas las sensaciones experimentadas en este momento, así que lo único
que podría decirse es que de una u otra forma fue como llegar al
cielo, no solamente por la inmensidad de la montaña y su altura, sino
por la emoción que guardábamos en nuestros corazones.

Y si el ascenso
inspiró todo nuestro respeto, del descenso ni hablar. Nos vimos
obligados a detenernos en el transcurso de la bajada porque era tanto
el dolor en las manos al frenar, que a veces sentíamos que no podíamos
hacerlo con la efectividad que se requería. Y, en ocasiones, sentíamos
como si fuésemos a rodar “de narices“ saliendo despedidos por encima
del manubrio. El Angliru no es una montaña normal; es una auténtica
pared a la que se le cambiaron estratégicamente el cemento y la
pintura, por árboles y pastizales. Es una trampa de la naturaleza para
atrapar a ingenuos individuos que se hacen llamar ciclistas. |