Las anteriores palabras las he usado solamente para poder llegar a una sola frase: el Mont Ventoux, es una subida de infarto.
La verdad, es
justo decirlo, desde abajo se ve inofensiva; quizás sea ésta la única
razón por la que muchos ciclistas se animan a intentarlo. Pero si
supieran lo que les espera, estoy seguro de que algo más de la mitad de
los pedalistas de Francia y de todo el mundo, optarían por dedicarse al
golf o al dominó.
Las anteriores palabras las he usado solamente para poder llegar a una sola frase: el Mont Ventoux, es una subida de infarto.
Relatos de dos ciclo-turistas colombianos en las montañas de Europa.
Traducido de manera elemental,
sería algo así como la Montaña de viento, y su nombre no obedece a otra
cosa diferente que a las fuertes corrientes de aire que soplan en su
cima.
Catalogada como una de las más fuertes en la
ronda francesa, la subida al Mont Ventoux es una cuesta realmente
atípica y desconcertante. De los ascensos que hemos tenido la
oportunidad de conocer, éste es el único que te muestra el punto de
llegada antes de comenzar a subirlo. La razón es muy sencilla; se
trata de una montaña apartada, distante de las demás, solitaria. Y desde
abajo, si levantas desprevenido tu mirada, alcanzarás a ver una gran
construcción en cemento y una antena inconfundible, que te estarán
indicando que hasta allá tienes que subir. Es decir, esta montaña no es
traicionera en absoluto; desde el principio te dice dónde está su cima,
y te brinda así la gran oportunidad de que intentes subirla asumiendo
todos los riesgos o, simplemente, dar un giro de 180 grados y dejar las
cosas así, de ese tamaño.
La
verdad, es justo decirlo, desde abajo se ve inofensiva; quizás sea ésta
la única razón por la que muchos ciclistas se animan a intentarlo. Pero
si supieran lo que les espera, estoy seguro de que algo más de la mitad
de los pedalistas de Francia y de todo el mundo, optarían por
dedicarse al golf o al dominó.
Las anteriores palabras las he usado solamente para poder llegar a una sola frase: el Mont Ventoux, es una subida de infarto.
Un kilómetro
antes de comenzar el ascenso, encontrarás una glorieta que protege un
monumento al ciclista. Luego, comienza el ascenso por las pequeñas y
congestionadas calles de Bedoin donde alcanzas a ver que abundan los
almacenes de artículos para ciclismo y se alquilan bicicletas,
seguramente, de gran calidad. Pero no podemos detenernos a mirar
vitrinas; tenemos una cita con la montaña, y debemos ser puntuales.
Los primeros 3,5 kilómetros son realmente suaves; nada del otro mundo.
El reloj marca una inclinación de 6%, temperatura de 18 grados
centígrados, 430 msnm, cadencia de pedaleo 80 por minuto y 140 latidos
cardíacos como pulso promedio. Así las cosas, cualquiera pensaría que
se trataba de un “paseo de olla“. Justo en este punto, vas pasando las
calles de Colombe, y eso, de alguna manera, te hace recordar a toda tu
gente y te brinda fuerzas para subir.
La cuesta se desarrolla por una carretera poco
transitada pero angosta, sin llegar a las proporciones del Mortirolo
italiano. El desnivel paulatinamente sigue aumentando, y se mantiene
oscilante entre el 6 y el 9%, sin descansos. En el km 6,5 encuentras
una curva a la izquierda que te hace despertar. Te sorprende
intempestivamente un 13% que no estaba en tus cálculos, pero no pierdes
las esperanzas de que sea algo transitorio. Bueno, en verdad era algo
transitorio, porque después sube al 14 y luego al 16%.. La cosa quiere
complicarse. En un camino de auténtica alameda, los árboles a lado y
lado tuyo hacen que el calor sea sofocante. El reloj ahora marca 24
grados centígrados y sabes que debes comenzar a tomar líquido antes de
que sea tarde. El ascenso no cede; nosotros tampoco. Es una guerra que
nos hace recordar una vieja canción colombiana: “o me lleva usted o me
lo llevo yo, pa´ que se acabe la vaina“.
Si no llevas agua, te mueres!
No vas a encontrar jamás curvas en herradura
que te brinden un segundo aire; digamos que sólo son curvitas
conformando una recta interminable que no da tregua. Paradójicamente,
no hay viento; la brisa no tiene por donde entrar al camino y el calor
no tiene por dónde salir.
En el kilómetro diecisiete las cosas comienzan a
cambiar; el sufrimiento cambia de cara, pero no de intensidad. Te
encuentras visualmente con el fin de la jornada; allá, arriba, tocando
el cielo, vuelves a ver la antena que te marca el fin de la subida,
pero miras tu reloj y él te dice que no te ilusiones: aún faltan 4,5 km
de pedaleo. Pero ya hay algo de aire, te subes la cremallera de tu
camiseta para evitar un golpe térmico, el viento aumenta pero no te
doblega, quizás hoy tenemos suerte. El paisaje es majestuoso, la montaña
inmensa, solitaria, inalcanzable. Puedes divisar un automóvil que
esté dos kilómetros delante de ti. Sabes que tienes que subir hasta
allá; el tiempo transcurre, la temperatura se mantiene, sopla el viento,
mil imágenes vienen a tu mente, te parece increíble estar donde estás y
esa emoción infinita te pone alas para coronar la cúspide tan
anhelada, esa misma que tristemente viera morir hace 42 años, después
de un descomunal esfuerzo, al británico Tom Simpson. Y ves, un
kilómetro antes de coronar, el monumento construido en su honor, con
pequeños artículos que han dejado como ofrenda sus seguidores:
caramañolas, guantes, cachuchas, monedas, fotos, etc.
Luego te envuelve un paisaje lunar, y crees
estar en la luna; o quizás siempre hemos estado allí, sin darnos
cuenta.
Cuando has llegado al final, descubres en la
inmensidad del horizonte las últimas curvas que te condujeron
lentamente a uno de los momentos más maravillosos de tu vida; el ascenso
al mítico Mont Ventoux, una montaña de infarto!