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Relatos de dos ciclo turistas en las carreteras de Europa
Dice la
historia, que el monte Gavia fue incluido en el itinerario del Giro de
Italia en 1960, pensando más en llamar la atención de los aficionados
que en el bienestar de los ciclistas.
El Passo di Gavia, el Gavia,
es un puerto de 26 kilómetros de ascensión con paredes que llegan
al 14% y una altitud que toca las nubes con sus 2.621 metros. Es un
premio de montaña de primera categoría en el Giro de Italia, y ha sido
escenario para las grandes batallas libradas por ciclistas colombianos
como Víctor Hugo Peña, Hernán Buenahora, Martín Farfán, José Jaime
(Chepe) González, Raúl Montaña, etc. Ha sido incluido en el Giro en
seis oportunidades (2010, 2006, 2004, 2000, 1999 y 1996) y los
colombianos han dejado plasmado su nombre con letras de oro al pasar
en primer lugar en 1999 y 2000 (José Jaime González) y en 1996 (Hernán
Buenahora). Sus 26 km presentan rampas que pueden oscilar entre el 7
y el 10% y una máxima del 14, aunque su pendiente media es del 5.4,
lo que nos permitió (al igual que con el Stelvio) llevar un desarrollo
suave con la infaltable “relación de reserva” que fue de mucha
utilidad cuando aparecieron pendientes insospechadas.

La subida al Passo Gavia resultó ser un verdadero premio para nosotros; un premio inesperado.
Cuando estábamos desayunando, aprovechamos
para mirar desde la ventana del comedor la montaña en donde vive el
monte Gavia. Llovía y no había esperanzas de que escampase. Sin
embargo, delgadas nubes ascendían hacia la cúspide, indicándonos
quizás, que aumentaba un poco la temperatura y esto producía
evaporación. Alguien, conocedor de la región, no tuvo mayor optimismo
pero, aún así, tomamos la decisión de emprender el viaje.
A las 9.30, con
una temperatura de cinco grados centígrados y una pertinaz llovizna
dimos los primeros pedalazos despidiéndonos de Bormio (norte de Italia)
y de su inolvidable hospitalidad. Muy pronto, demasiado pronto, se
inclina el terreno pero de manera respetuosa, sin ofendernos ni
agredirnos. Así que conciliamos con la montaña: no la subestimaríamos, a
cambio de que nos tratara con cariño. Creo que fue muy buen arreglo.

Sabíamos que
eran 26 kilómetros, y las primeras rampas del 8% traían recuerdos de
Patios rumbo a la Calera, pero multiplicándolo por cuatro en longitud.
En intensidad eran iguales, al comienzo. Luego vinieron rampas del 11 y
13% que se prolongaban durante cientos de metros. En el Kilómetro
tres vino el primer respiro, la cuesta bajó su pendiente al 3%, y
algunos trabajos de reparación en la vía nos hicieron bajar el ritmo
de manera obligada, factor que nos dio tiempo de hidratarnos. La
carretera era húmeda pero no llovía. Luego nuevamente se inclinó la
montaña en contra nuestra pero nada importante, sólo el 10%. Digo
“sólo“, porque ya nos había maltratado el Mortirolo con desniveles del
19 y 21%. En el kilómetro 10 se presenta nuevamente descanso, terreno
llano, cero de inclinación. Esa paz nos dura sólo unos ochocientos
metros y vuelve a pararse la carretera, pero pasan los kilómetros bajo
los neumáticos de las bicicletas y rápidamente viene un nuevo descanso
entre el km 12 y el 13,4. De allí en adelante los premios se acaban,
la piñata ya no existe, se acaban las vacaciones y debemos trabajar
nuevamente en la montaña. A la altura del km 14,7 viene una
“desagradable” sorpresa: nieve en la carretera. Segundos después los
árboles ya se vestían de blanco y comenzamos a sentir la nieve caer
sobre nuestros cuerpos. La camioneta nos adelantó, pero unos minutos
después la vimos estacionada a la margen derecha del camino. Nelson,
nuestro acompañante conductor, nos dio la mala noticia de que estaba
cerrado el paso; así lo indicaban tres avisos con círculo rojo que
prohibían la circulación de vehículos. Era el km 17.

Detuvimos allí
nuestras bicicletas por espacio de treinta segundos ante tamaña
sorpresa pero, sin pensarlo dos veces y haciendo uso de una
inocultable terquedad, decidimos continuar la aventura, sin vehículo
acompañante, pero llevando con nosotros la cámara fotográfica para
dejar testimonio de lo que nos aguardaba allá arriba. Continuamos
pedaleando los kilómetros finales y en una curva en herradura a mano
izquierda nos encontramos con uno de los guardas de seguridad de la vía
quien nos miró sorprendido, pero más sorprendidos quedamos nosotros al
ver que no dijo absolutamente nada. Entre tanto, la nieve no cesaba de
caer sobre los árboles, la montaña, sobre nosotros y, lo peor, sobre la
carretera. Los kilómetros iban quedando atrás; de alguna forma
indescriptible aún podíamos pedalear. El ascenso no era duro, quizás
era un premio que no esperábamos. Y la nieve caía, caía, caía y caía
cada vez más. La carretera se blanqueó, se tapó totalmente de nieve;
creo que hubiésemos cambiado gustosos cada una de nuestras bicicletas
por un buen par de esquíes. Sólo se veía un par de líneas que había
dejado como huella el vehículo del vigilante vial. Así seguimos
subiendo, rompiendo con nuestras ruedas una capa de hielo o nieve de
unos diez cm de grosor, tratando de no caer al piso. El ritmo fue
considerablemente lento, pero ya no importaba. Nada importa cuando
estás viviendo estos momentos en medio de la naturaleza majestuosa,
enorme, monumental.
Allí arriba, tomamos unas fotografías mientras
tiritábamos de frío. Una vez logrado nuestro objetivo, iniciamos el
descenso con todas las medidas de precaución y a la misma velocidad a
la que subimos los últimos kilómetros: a cero por hora. Unos metros
abajo nos encontramos con Nelson, quien había hecho caso omiso a la
restricción de la policía vial (Nelson también es colombiano) y había
subido a nuestro encuentro. Nos subimos a la camioneta y enrumbamos
nuestras vidas hacia Francia, en una travesía que reinició en el Gavia,
pasó Bormio, Tirano, el Lago Como, Monza, Milán……y aquí, en un
semáforo del corazón mundial de la moda y escenario de finales del
Giro, suspendo este relato mientras me dedico a mirar las calles a
través de la ventana de la camioneta roja.
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