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Hernán Payome Villoria Director
La historia de la postulación de Colombia como sede de importantes eventos deportivos en las últimas décadas puede describirse coloquialmente recurriendo a los apartes de una canción de Juanes: “pobres, feos, pero antojaos”.
Y es que no podríamos describirnos de otra manera.
Basta con echar un vistazo atrás, y recordar con tres lágrimas en los ojos, que en la historia de la humanidad, al menos en la era cristiana, no sé antes, somos el único país que ha renunciado a su designación como sede de un mundial de futbol: el de 1986.
Después de una incesante lucha desde 1973 por obtener la sede, ésta fue asignada a nuestro país el nueve de septiembre de 1974, generando el júbilo nacional y una expectativa enorme al ser el centro de las miradas internacionales. Entonces, como La Lechera, las directivas del deporte de la época y el ente oficial hablaron de la creación de nuevos estadios y de la remodelación y adecuación de los existentes. Mil obras se llevaron a cabo (en el papel) y todo fue fiesta y alegría. Pero el más implacable de todos los dioses se hizo presente: el Dios CRONO, el Dios del Tiempo. Y el tiempo pasó rápidamente, y trajo consigo el año1982 y con él, el Mundial de España. Y allí, en la madre patria, después de gastar millones de pesos en una campaña publicitaria sin precedentes, caímos en la cuenta de que el próximo Campeonato Mundial sería en nuestro propio toldo, pero…”increíblemente” no había nada listo; las obras nunca se hicieron, todo se dejó para última hora. Conclusión: la ambición rompió el saco. La FIFA, ente regulador del Mundial, puso a Colombia contra las cuerdas haciéndole exigencias que de ante mano se sabía que no podría cumplir: aeropuertos, ferrovías y carreteras entre las sedes, así que nuestro país tuvo que agachar la cabeza, reconocer su incapacidad y renunciar a la sede del Mundial 86. Hubo lágrimas, tristeza, dolor y, no descarto, algún suicidio no reportado.
Pero como jamás aprendemos de nuestros errores, repetimos la historia buscando para nuestro país la sede del Mundial 2014. Más por obsesión que por otra cosa, se insistió caprichosamente en conseguir con pasión lo que no podíamos sostener con la razón.
Sin embargo, la experiencia y vergüenza del 86 el mundo no las había olvidado, así que Colombia debió renunciar a la candidatura como sede, antes de que nos fuese negada en el primer round. Cualquier desprevenido lector pensaría que aquí terminaba el mal y comenzaba el camino del bien, el de la reflexión; pero no!
Surgió de nuevo el interés por ser sede de un evento de multitudes: los Juegos Deportivos Panamericanos 2015. Esta vez echando mano de importantes figuras del deporte nacional y de la visita presidencial a Guadalajara (Méjico), lugar donde se tomaba la decisión. Finalmente la sede fue otorgada a Toronto que tuvo treinta y tres votos a favor; Lima recibió once y Bogotá se quedó con siete.
Afortunadamente esta vez no hubo tantos casos de deshidratación por llanto, aunque no faltó quien se diera golpes contra las paredes. Es que el país ya comienza a entender que no hay que perder los sueños, pero tampoco la razón. Y lo cierto es, quiérase aceptar o no, que “el palo no está para cucharas”. Bogotá, fiel reflejo de lo que sucede a lo largo y ancho del territorio nacional, es víctima de mil patologías que parecieran no tener pócima milagrosa que las cure. No existen, y probablemente no existirán jamás, escenarios deportivos acordes con las exigencias internacionales para esta clase de eventos. El colapso del tráfico automotor que se vive a diario sería un lunar inocultable ante la visita extranjera; la delincuencia organizada (y desorganizada) sería otro lunar más. Quién aportaría los recursos para tan gigantesca inversión? Acaso se tenía en mente otra sarta de “impuesticos” para el maltratado bolsillo de los ciudadanos? Tendríamos en 2015 una representación deportiva que sacara la cara por nuestro país o, al menos, le garantizara una decorosa participación? Se confundirían las marchas de las diferentes delegaciones en la ceremonia de inauguración con las marchas de desplazados por el conflicto armado o con las filas de los pensionados por el Seguro Social?
Tal vez lo sucedido, deba tomarse como una sana experiencia, para que no tardemos más tiempo en reflexionar, reconocer y aceptar con humildad, que es actitud irresponsable pretender hacer una gran fiesta, cuando carecemos de la logística necesaria para hacer una piñata.
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