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Está comprobado
estadísticamente que lo primero que hace una madre al enterarse de que
su hijo va a ser ciclista, es echarse la bendición (incluso si es
atea). Y la verdad, no es para menos. El ciclismo está catalogado como
una de las actividades deportivas de más alta accidentalidad, de
repercusiones a veces insignificantes pero, infortunadamente, en
ocasiones de índole fatal.
Universalmente y a través de la historia, son
innumerables los casos de accidentes sufridos por ciclistas en plena
competencia o entrenamiento. Algunos, dada su gravedad o de acuerdo a
la popularidad del afectado, logran conocerse públicamente. Otros, sólo
son conocidos por los más directos relacionados de la víctima y, con
seguridad, habrá muchos más de los que nadie se enteró porque no hubo
testigos. Y todo esto, reseñando sólo la parte deportiva, sin entrar a
considerar los accidentes de tránsito en los que se ven involucrados
ciclistas, pues eso ya es otro capítulo, quizás más extenso pues, en
países como Colombia, carentes de una normatividad que conduzca al
respeto por el individuo que va montado sobre una bicicleta, es muy
difícil no solamente competir, sino entrenar. Queda claro que el
ciclismo, particularmente de ruta, no puede entrenarse en la sala de la
casa, ni en el parque del barrio; hay que ir a las carreteras. Pero, no
es un secreto, nuestro país carece de vías alternas en buenas
condiciones para la práctica de esta actividad, entonces debe acudirse a
las vías principales, y en éstas no hay franjas de ciclo ruta que
protejan al ciclista y, si las hubiere, nadie las respetaría, entonces
es allí cuando el ciclista decide entrenar “a la de Dios”; “que sea lo
que Dios quiera”. |