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Caídas en el Ciclismo PDF Imprimir E-mail
Escrito por Hernán Payome Villoria   

Está comprobado estadísticamente que lo primero que hace una madre al enterarse de que su hijo va a ser ciclista, es echarse la bendición (incluso si es atea). Y la verdad, no es para menos. El ciclismo está catalogado como una de las actividades deportivas de más alta accidentalidad, de repercusiones a veces insignificantes pero, infortunadamente, en ocasiones de índole fatal.

Universalmente y a través de la historia, son innumerables los casos de accidentes sufridos por ciclistas en plena competencia o  entrenamiento. Algunos, dada su gravedad o de acuerdo a la popularidad del afectado, logran conocerse públicamente. Otros, sólo son conocidos por los más directos relacionados de la víctima y, con seguridad, habrá muchos más de los que nadie se enteró porque no hubo testigos. Y todo esto, reseñando sólo la parte  deportiva, sin entrar a considerar los accidentes de tránsito en los que se ven involucrados ciclistas, pues eso ya es otro capítulo, quizás más extenso pues, en países como Colombia, carentes de una normatividad que conduzca al respeto por el individuo que va montado sobre una bicicleta, es muy difícil no solamente competir, sino entrenar. Queda claro que el ciclismo, particularmente de ruta, no puede entrenarse en la sala de la casa, ni en el parque del barrio; hay que ir a las carreteras. Pero, no es un secreto, nuestro país carece de vías alternas en buenas condiciones para la práctica de esta actividad, entonces debe acudirse a las vías principales, y en éstas no hay franjas de ciclo ruta que protejan al ciclista y, si las hubiere, nadie las respetaría,  entonces es allí cuando el ciclista decide entrenar “a la de Dios”; “que sea lo que Dios quiera”.



Pero, repito, esto es capítulo aparte. Solamente con los accidentes en competencia habría material suficiente para escribir toda una Biblia.

Quiérase aceptar o no, quien toma la determinación de volverse ciclista lo hace con tal afición, pasión y determinación que, aún siendo sabedor  de lo que le puede esperar en su camino, hace caso omiso a cuanto pueda advertírsele y, simplemente, se adopta como frase defensiva o justificadora aquella que afirma que esos son los gajes del oficio. Y “los gajes del oficio” han permitido demostrar que quienes sufren caídas en las carreras de ciclismo no son siempre los juveniles o inexpertos como podría creerse. El peligro está ahí, presente, a todo momento y ante todos, incluso ante los más expertos. Sólo bastará un bache en el camino, una frenada en seco, un roce  de ruedas, un piso mojado, una curva cerrada o el más mínimo descuido para que...purrundún…queden  mil ilusiones por el suelo. Y esas ilusiones no siempre quedan en el pavimento; tristemente, hay que decirlo, a veces quedan en una ambulancia, en una UCI (Unidad de Cuidados Intensivos), en una silla de ruedas o en un parque cementerio.  Y, con toda seguridad, esto convierte en LOABLE, la práctica de un deporte que además, suma numerosos factores dentro de los cuales pueden mencionarse los extensos kilometrajes, los cambios de las condiciones climáticas, la topografía, el esfuerzo, el dolor y, muchas veces, la derrota y la incomprensión del patrocinador, del aficionado o del periodista.


Con base en lo anterior resultan objeto de premiación o exaltación, frases tan humildes  y transparentes como la de José “Chepe” González en España quien, en una charla informal, declaraba: “increíble que no sólo nos dejen participar en las carreras, sino que además nos paguen”. Pero lo increíble no es eso; lo real e imperdonablemente increíble es que aún existan en   nuestra querida patria de los dos mares y las tres cordilleras, ciclistas  corriendo por La Virgen del Carmen, o por el uniforme, o por un par de “tubos”. Lo increíble  seguirá siendo que un ciclista invierta un dinero que no tiene, en una preparación que se lo exige, para ir en busca de un premio que jamás compensa. Se dirá que casi siempre se compite con el apoyo de un patrocinador; es posible, se compite! Pero no se entrena; en el 90% de los casos los costos de preparación y entrenamiento van por cuenta del deportista. Eso sin contar con la parte médica porque, deportista que no vaya de la mano de una auténtica y científica asesoría médica tiende a desaparecer. Así las cosas, ser ciclista en Colombia, es peor que tener una cuenta de ahorros en nuestro  caníbal  sistema bancario: ahorrar doscientos mil pesitos y consultar el saldo para comprobar  que  sólo quedan ciento setenta mil. Es algo muy similar.


Por todo lo anterior, Revista Sólo Ciclismo.com quiere hacer énfasis  en lo difícil que es ser ciclista de competencia en nuestro país, aunque a nivel internacional  gocemos de la mejor de las imágenes. Pero lo cierto es, que por dentro las cosas son a otro precio, y nadie parece querer entender que el semillero existente en este momento es de proporciones inimaginables, como inimaginable resulta ser la deserción y el abandono por la desmotivación y la falta de un verdadero apoyo. Y no solamente en el ciclismo, sino en todas las modalidades deportivas.


Y si a todos los obstáculos que se le presentan al deportista en su búsqueda incesante del éxito, le añadimos el infortunio de los accidentes, pues se torna más oscuro el panorama.

Es demasiado extensa la lista de caídas que se suman a la historia de  este deporte  para terminar haciendo parte inseparable del mismo. Por su  difusión hay unas que han quedado mejor guardadas en la memoria; algunas tan sólo se toman como anécdota, pero otras han sido de tan lamentables consecuencias que quisieran olvidarse.

El 18 de julio de 1995, durante la décima quinta etapa del Tour de Francia, Fabio Casartelli, ciclista italiano del equipo Motorola, sufrió un accidente durante el descenso del Col de Portet d'Aspet, en los Pirneos. Casartelli sufrió graves lesiones de cráneo y cara y perdió la conciencia. Durante su traslado en helicóptero al hospital, Casartelli perdió la respiración y falleció tras varios intentos de reanimación.


“El 30  de abril de 1984, el ciclista portugués Joaquim Agostinho, sufrió una fuerte caída cuando un perro se cruzó en su camino en el transcurso de la quinta etapa de La Vuelta a Algarve en España. “Tiño” se golpeó fuertemente la cabeza y medio inconsciente logró terminar la jornada con la ayuda de sus compañeros. Una bolsa de hielo en la cabeza fue la única cura que le prodigaron hasta que, horas más tarde, Joaquim comenzó a quejarse de fuertes dolores en el parietal y a sangrar abundantemente por la nariz, al tiempo que su cabeza se cubría con un hematoma violáceo. Trasladado de urgencia al hospital de Faro, los doctores que allí le atendieron apreciaron pronto la gravedad de su lesión y decidieron enviarle urgentemente al centro Cuf de Lisboa. Fue un traslado criminal, de más de trescientos kilómetros en ambulancia, con “Tiño” ya prácticamente en coma”.


En la sexta etapa de La Vuelta a Colombia de 2004, entre Santa Rosa de Cabal y Jericó, Juan Antonio Barrero Moreno, de 31 años de edad, cayó en una curva mojada y se estrelló contra una roca, en momentos en que el grupo descendía a ochenta kilómetros por hora. Juanito, como se le conocía, murió media hora después en la ambulancia que lo transportaba a Pereira.


En 1994, en la región de Tres Puertas, departamento de Caldas (cerca a La Pintada), murieron cuando entrenaban, los ciclistas Néstor Mora, Hernán Patiño y Augusto Triana, al ser golpeados por una tractomula que perdió el control. En el lugar del accidente se puso una bicicleta  con sus nombres como homenaje póstumo, pero pocos días después fue robada.


El español Joseba Beloki (Once-Eroski) sufrió una fortísima caída en el Tour de Francia 2003, al perder el control de su bicicleta en el rápido descenso de La Rochette en la novena etapa. Los médicos  le diagnosticaron fractura de fémur, codo y muñeca derechos.  Beloki se recuperó posteriormente, pero su carrera deportiva se vino a menos, pese a haber sido tres veces podio en el Tour (una vez segundo y dos veces tercero).


En el Clásico RCN de 2009, al cumplirse la etapa entre Tunja y Bogotá, se produjo una violenta caída en momentos en que el lote  descendía a cerca de setenta kilómetros por hora. Aunque no hubo consecuencias graves que lamentar, el  accidente produjo  heridas y fuertes contusiones en los afectados, y el retiro de una docena de ellos.


Millares de ejemplos podrán inundar los diferentes medios escritos, relatando y reseñando los accidentes sucedidos en las competencias ciclísticas de todo el mundo, pero jamás se logrará poner fin a tan difícil tarea  porque, a cada segundo, alguien estará  estrellando su humanidad contra el piso, haciendo apología a uno de los deportes más apasionantes y sacrificados del universo: el Ciclismo.