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Nairo no perdió el Tour



Por: Hernán Payome Villoria

Quiérase aceptar o no, el ciclista colombiano Nairo Quintana no perdió el Tour de Francia. Los únicos perdedores fuimos todos los demás.

Nairo no lo perdió, aunque esto no implica que lo haya ganado. Y no lo perdió porque, a pesar de no dar cumplimiento a lo que él mismo llamó su “sueño amarillo”, hizo lo que estuvo a su alcance por lograrlo y hasta donde sus fuerzas y su salud se lo permitieron. Lo demás es hilar muy delgado.

Él, como deportista élite, sabe a qué está jugando, cuáles son sus metas, sus objetivos y qué puede esperarse de su rendimiento en una carrera como el Tour. No lo logró, no pudo, no resultó el "doblete Giro-Tour", pero tampoco debemos dramatizar. Ya vendrán nuevas carreras, nuevos sueños y, con seguridad, nuevas satisfacciones en su mundo deportivo.

Creo que quienes sí perdimos fuimos los demás. Todos aquellos que erróneamente creemos que el solo hecho de soñar es garantía de cristalizar esos sueños. Todos aquellos que vemos en el deporte una oportunidad para que otros nos generen nuestra dosis mínima diaria de alegría y regocijo. Todos aquellos quienes tenemos la capacidad de juzgar sin mayores argumentos el trabajo de los demás como si moralmente estuviésemos autorizados para ello. Ser ciclista de alta competencia es para Nairo lo mismo que para nosotros lo son nuestras respectivas profesiones. Tanto él como nosotros quisiéramos ser los mejores, pero esa meta difícilmente o casi nunca se logra. ¿Acaso usted amigo lector está seguro de ser el mejor en su oficio? ¿Aceptaría que alguien que no le está dando nada a cambio le recrimine, le exija, le subestime, le ofenda, le ultraje, solamente porque usted no da el rendimiento que la sociedad le exige? ¿Cree usted ser el mejor odontólogo, el mejor panadero, la mejor secretaria, el mejor mensajero, el mejor deportista, el mejor abogado, el mejor ingeniero o, acaso, el mejor periodista? ¿Está seguro de serlo? ¿En verdad cree que ha hecho hasta lo imposible por destacarse en su oficio, en su profesión? ¿Lo ha logrado?

¿Cree usted señor periodista que un computador o un micrófono son armas con salvoconducto para irse lanza en ristre contra alguien que simplemente vio el deporte como una forma de vida? ¿Cree usted amigo bloguero o tuitero que tenemos la capacidad moral para exigirle a Nairo, o al deportista de turno, aquellos resultados que nos permitan saciar nuestras carencias como individuos?

Infortunadamente gozamos de un Falso Patriotismo que eleva hasta las nubes a quienes considera sus ídolos, pero después los baja a tablazos al considerar que no cumplieron con nuestras propias expectativas. No hay que ser erudito en el tema para entender que destacarse en una competencia como el Tour de Francia es cosa de pocos, de organismos privilegiados y de seres disciplinados, capaces de sobrellevar la tortura que implica ser deportista élite. Lo único que se requiere es tener sentido común. Sólo con eso, lograríamos entender que lo hecho por cada uno de los corredores,  no solamente Nairo, sólo lo logran personas con una capacidad de sufrimiento y de entrega únicas.

Por ese simple detalle es que los perdedores somos todos los demás; el único que se salvó de ese “desastre” es precisamente Nairo. Somos perdedores los que nos dejamos llevar por nuestros afectos, son perdedores los políticos que siempre toman como caballito de batalla los triunfos de los deportistas; también los que creyeron ver la oportunidad de lucrarse y engrosar sus arcas; son perdedores aquellos dirigentes deportivos que ingenuamente creyeron que este año sí podrían aparecer en la foto con el campeón del Tour. También es  perdedor el periodismo oportunista que sólo aparece cuando hay opción de triunfo; tristes perdedores aquellos que de una u otra forma hicieron cuentas alegres con el esfuerzo de los demás. Por eso se siente en el ambiente sabor a derrota, un saborcito amargo que pocos podrán digerir y que se les seguirá notando en el aliento. Es un aire de frustración por lo que creemos fue el fracaso de una persona, sin lograr entender que los fracasados fuimos todos los demás.

Estamos perdidos si seguimos creyendo que "las victorias son de la colectividad y las derrotas del individuo".